Tarde de otoño. El suelo de Madrid estrena manto parduzco y seco. Hace frío. Mucho frío. Demasiado para mi cuerpo sureño. La nariz me moquéa y tirita todo mi ser. El viento trae un olor de antaño. Olor a lumbre. Olor a castañas asadas. Ese olor que flotaba también en el pueblo cuando era niño. El olor que llega con el otoño y que se perpetúa con el invierno. Decido que le vendría bien a mi aterido ser un cafetito caliente. Entro en la primera cafetería que veo. Está abarrotada. Ni una mesa libre. En la barra queda un hueco, así que decido pedirme un café bien caliente. Los camareros no dan abasto y me atienden cuando pueden. No tengo prisa, así que me armo de paciencia, espero y observo lo que acontece a mi alrededor.
Las distintas mesas del local están ocupadas en su mayoría por gente de la tercera edad, que a su vez son mayoritariamente mujeres. Casi todas visten enormes abrigos de pieles, de los que no se han despojado, no porque en el local haga frio, sino por la imposibilidad de dejar tan voluminosa prenda que ocupa el cuerpo de las señoras en cuestión y dos más, en parte alguna. Siempre me ha parecido curioso a la par que redículo la demostración de superioridad que hace el personal femenino de cierta edad al vestir una prenda tan incómoda y absurda como es una abrigo de bisón. Tanta apariencia puede deberse a que me encuentro en el barrio de la opulencia por excelencia, el barrio de Salamanca. A los españoles se nos conoce a la legua por una cosa: por lo alto que hablamos, y a fe mía que es verdad viendo lo chillos que emiten las emperifolladas señoras. Se interrumpen unas a otras constantemente y compiten por ver quien le quita la razón a la otro, con la única fuerza de su voz, no de sus argumentos. Allí se habla de todo. De "Ese Zapatero que nos va a llevar a la ruina" ó "de Letizia lo guapa que iba el otro día en la recepción de..." ó "mi marido dice que esto tiene la misma pinta que en el 36" ó "y luego dice que no hay crisis, ya, ya me diréis más adelante, como está todo". Y todo regado con chocolate y churros y tostadas y sandwiches de jamon y queso...Y los sufridos camareros corre que te corre. Callados, sudorosos, raudos, veloces. El oficio de camarero en Madrid es de alto riesgo. Trabajo estresante donde los haya. Tener que servir a todo este circo de focas, vociferantes y comilonas, que los llaman con un ¡chssss, oiga me quiere atender! ó un !oye, tu me traes un...! A lo que ellos contestan con un ¡enseguida! seguido de una forzada sonrisa. Decididamente pienso que este oficio no hay dinero en el mundo para pagarlo. Decido pagar el brebaje que me han vendido por café, caro; por cierto, y me marcho por donde he venido. A partir de ahora, el café, en casita.
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